29 de agosto de 2007

Juan

Otro día gris de una persona gris. Juan no lo sabe. Es su vida y él la quiere tanto como podemos querer nuestras vidas usted o yo. Con altibajos, obviamente. Pero Juan quiere su vida.
Apaga con su mano derecha el radio reloj que está sobre su mesa de luz. El radio reloj no es un radio reloj cualquiera. Juan lo recuperó de la basura de una casa anónima, dónde lo esperaba la muerte final o las manos de algún cartonero. Lo llevó a su casa y lo reparó. Ésta es una de las pocas virtudes de Juan; reparar cosas.
Después de apagar el radio reloj, estira los brazos al cielo. Aunque esto último es una mentira, en realidad, Juan estira los brazos hacia el techo de su casa. Más arriba del techo de su casa se encuentra el cielo. Corre la sábana, que está bastante enredada por algún sueño perturbador; y se sienta en su cama. Se coloca las pantuflas de Winnie Pooh, que Juan sabe que le quedan ridículas. Pero las encontró de oferta en el Supermercado Norte que está a cinco cuadras de su casa. Al fin y al cabo, las usa sólo para andar adentro; nadie lo ve con las pantuflas. Ni loco saldría a la calle con Winnie Pooh en sus pies, para eso tiene las pantuflas de calle, las azules serias. Lo que pasa es que las de Winnie Pooh son más calentitas, ideales para arrancar desde la cama hacia el baño.
Juan ya está bajo la ducha. No le gusta consumir muchos minutos bajo el agua. Sabe que el agua es un bien escaso, y también sabe que en cinco minutos uno se puede duchar perfectamente. Por eso sale rápido de la ducha. Se seca con la toalla de “Norte”, se pone los boxer de “Norte” y vuelve a su habitación.

Continuará...

Diego M

24 de agosto de 2007

Paraíso

A Jime

El sonido de la lluvia
mi cama
vos
en mi cama

Te abrazo
me susurrás
te acaricio
me besás

El sonido de nuestro amor
Mi cama
Tuya
Nuestra

Diego Monrroy

21 de agosto de 2007

Destino alemán

A Fede, Elsa, Caro, Sebas, ¿se acuerdan?

Caminaste en esa urbanidad fría. Rodeado de ojos claros, de tecnología y perfección asquerosa, de movimientos autómatas. Extrañando la familiaridad de tu país. Buscabas a la mujer, la que podía ser la clave, o tener la clave, o darte algún tipo de información. Sentías todavía un humo dulzón en tu cráneo. Y los fragmentos de la noche anterior: miradas, cartas, preguntas.
Te sentaste en un banquito de plaza, como de juguete blanco gastado por el tiempo. Y de pronto el smog y las charlas llenas de consonantes: strudel, schumacher, studebaker, chucrut, lewergurst. Te agarraste al banco. La ciudad te daba vueltas pero vos pensaste en la tarjeta, en la clave que poseía. Sentías que el mundo entero jugaba al ajedrez y no entendías nada. Ahora, el olor a U2 y la melodía viscosa de “Sunday bloody Sunday” llenaban todo. Te ayudaban a sobrevivir. De pronto una mano en tu cuello; cálida, más que amiga. Cerraste los ojos y disfrutaste esos segundos. Necesitabas algo así. Sentías sus dedos (los de ella, los de Laura) recorriendo tu cuello, masajeando, rozandote con sus uñas pintadas de azul oscuro, su aliento en tu pelo, las caricias, la voz dulce, la tarde que caminaron juntos por el parque, las noches en tu casa, las fotos pegadas en la heladera, el olor del sexo en tu cama y su masajeo cada vez más fuerte. Abriste los ojos, ella es la clave. Pero ahora la mano se cerró en tu cuello y no es la de Laura…

Diego Monrroy

14 de agosto de 2007

Rewind

Sus dedos recorrían la madera de recuerdos. La foto de los cuatro en Mendoza. La alacena en donde su mamá guardaba el nesquik. El olor de los guisos, que te hacía doler la panza de hambre. Su habitación, en donde jugaba a ser actriz. Y el día en que se había olvidado de cerrar con llave, y Fede la había descubierto con la ropa de mamá jugando a ser Marilyn. La luz entraba por los ventanales, bailaba entre los fantasmas. Caminó por el patio, no vió el pasto crecido ni las flores secas. Estaban los malvones de mil colores, la rosa china y su mamá regando. Al fondo la esperaba el paraíso: la casita del árbol. Fede jugaba a su alrededor; reía, saltaba. No podía irse, no quería irse. Subió los escalones de madera deshecha, como tantas otras veces. Entró agachada a su casita. El juego de té la seguía esperando en el rincón. Se acurrucó. Pensó en Fede, en mamá, en papá. Y los tuvo a todos juntos. Así, volvió a convertirse en la niña feliz que tanto había extrañado.

Diego Monrroy

9 de agosto de 2007

Deseo

Sí, es verdad
Las vacas beben
Los canarios gritan
Los elefantes duermen

Éstas cosas pasan
y soy testigo
inútil ojo mudo
pálido y sinsentido

Mis manos te buscan
y no piensan parar
Quizás en otra vida
o en otra habitación

La música martilla mi cráneo
Quizás mañana despierte
envuelto en tierra
o quizás sea retazos de lo que fui

No quiero volver atrás
los recuerdos me lastiman
Huyo hacia un futuro que no es
busco un camino

Quiero saltar el muro
Tocarte
Llegar

Diego M

5 de agosto de 2007

Epílogo de algo más largo

Luego de su devastadora derrota en la batalla de Voldemonten, los ejércitos del malvado Gordon Bladd fueron debidamente juzgados y condenados a la muerte más tremenda.
A su vez, Viggo Bonachonen fue erigido como Rey Supremo de las Tierras Napolitanas, debido a su gran tarea en dicha batalla y a su incansable lucha por hacer siempre el bien, cortando las cabezas enemigas para salvar a su golpeado pueblo.
Así fue que se llegó a una nueva normalidad en las Tierras Napolitanas, sembradas ahora de un futuro esperanzador y abonadas debidamente con la sangre del ejército enemigo. El General Viggo se casó con una pobre plebeya (pero muy bonita, era Bonachonen pero no era ningun gilachonen) y disfrutaron muchos años juntos de felicidad, cariño, ternura, alcohol, drogas y fiestas negras.
Varias décadas después, el Rey Viggo murió de una sobredosis de buñuelos de acelga.
Ante este trágico panorama se llamó a elecciones. Tras un ballotage muy reñido, el malvado reconvertido (recién dado de alta de una clínica de rehabilitación) Gordon Bladd fue elegido como nuevo Rey Supremo obteniendo más votos que la (ya no tan pobre y ahora modelo de Playboy) plebeya viuda de Bonachonen. El ex malvado le prometió a su pueblo el rearme de su ejécito con el objetivo de invadir otros poblados, conquistándolos a puro corte de cabeza.
La segunda medida del gobierno de Bladd fue borrar las huellas del paso de los Bonachonen por el poder. Por lo que mandó a demoler las estatuas que homenajeaban al otrora líder del pueblo. La tercera medida fue la condena a muerte de la viuda Bonachonen y de los integrantes del ejército del ex líder.
Éstas medidas fueron anunciadas por el malvado rehabilitado, desde el balcón de su residencia, frente a la Plaza del Callo. La gente lo vivó mientras pisaba los restos de la estatua de Bonachonen.
Así fue que se llegó a otra nueva normalidad en las Tierras Napolitanas, sembradas ahora de un nuevo futuro supuestamente esperanzador e inundada debidamente con su sangre.

Diego Monrroy