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18 de marzo de 2010

Tareas especiales

El obrero trabaja solo en el turno noche. Esto no fue así durante toda la semana, su compañero vino el lunes y luego lo abandonó misteriosamente.
Las tareas asignadas no son de las que más le gusta realizar, pero la tranquilidad de la noche compensa el esfuerzo, con el mate y la música de los Redonditos de ricota como fieles compañeros. La fábrica emite leves ruidos en toda su estructura, pero el obrero sigue con sus tareas, está acostumbrado ya. No le importa que sea la primera vez que está solo de noche, ni que la noche sea tormentosa, ni que sea la primera vez luego de la historia del fantasma. Todas las fábricas tienen historias de fantasmas, no es novedad para él. Los tópicos se repiten: muerte trágica, sufrimiento, dolor, luego el andar errante, los ruidos, la sombra que se ve a lo lejos, los gritos y las voces.
Por eso el obrero, perdido en el repiqueteo de su martillo y en la melodía de “Todo un palo”, no ve con el rabillo del ojo a la sombra que se aproxima. Su mente está embebida en música, la música que lo hace olvidar de los problemas y lo acerca a la hora de salida, al descanso reparador. Algo se cae detrás suyo, pero el obrero no escucha. Levanta el brazo derecho simulando ser el Indio Solari, aunque los músicos no desarman estanterías a las 3 de la madrugada, pero eso al obrero no le importa. Cuando el martillo inicia su carrera descendente hacia el metal, una mano fría se posa en su hombro. El cuerpo se transforma en hielo y la mente pierde la coordinación. El martillo pega de lleno en su mano izquierda, pero no le duele. Siente el aliento frío sobre su hombro. Nunca más va a trabajar de noche, nunca más, si es que hay otras noches. La mano fría afloja su presión, la boca se acerca al oído del obrero, el obrero reza el padre nuestro aunque no lo sabe bien, tiembla, reza y tiembla. Las palabras llegan apagadas.
- Tratá de hacer menos ruido. No puedo descansar en paz.
Y se va.

Diego M

29 de octubre de 2008

Noche de cadenas rotas

Arpías que no dejan estamparse en papel
Ni anotarse
Ni contarse

Otra noche larga
de manos en lápices
y dedos en teclados

Desventuras de un intento de escritor
preso de sus bloqueos
esclavo de sus musas

Espera encender
su fábrica de ideas
para sentirse vivo
… o menos mortal
… o menos esclavo

Diego M

28 de junio de 2008

Dos menos uno

Sentís el viento pegando en la ventana. Sentís la lluvia acariciar el techo. Sentís el frío que te llega a los pies. Juntás uno con otro. Y te apretás la frazada justo abajo de la nariz. Sabés que falta mucho para levantarte. Sabés que querés dormir. El sueño suele ser un buen compañero para éstas épocas. La ausencia de pensamientos reales durante las horas en que él se hace presente lo convierte en un paraíso. Querés cerrar los párpados. Luchás. Pero sentís el tic tac del reloj. Sentís la cama medio vacía. Justo en ese momento, se posa en tu mejilla una mano fría. Te recuerda, te susurra, te seca las lágrimas. Y se lleva tus sueños.

Diego M

2 de mayo de 2008

La peor miseria

El hombre caminaba con los hombros caídos, vencido a esa altura de la noche por la fuerza de gravedad laboral. Arrastraba los pies con la mirada perdida en la irregularidad de las baldosas. No escuchó los pasos, sólo sintió el frío y sediento metal del revólver en su cuello. No se de vuelta, le dijeron. Deme todo lo que tenga. No tengo nada, contestó el hombre, ayer me deberían haber pagado el sueldo, pero no había plata. No es plata lo que quiero, necesito un sueño, una ilusión, algo que me dé una razón para vivir. No puedo ayudarlo con eso tampoco, mi vida es chata y monótona, ya no me quedan sueños ni ganas.
El revólver se retiró del cuello. Y siguieron caminando, cada uno para su lado, con los hombros caídos y la mirada perdida en la irregularidad de las baldosas.

Diego M