El reino, poco a poco, fue convirtiéndose en una gran ensalada. Las lechugas manejaban los camiones. Los tomates imponían la autoridad. Las papas eran las mejores madres. Las zanahorias eran las rebeldes, incluso algunas habían comenzado a drogarse con fertilizante. Y las arvejas rodaban libres por las calles. Cuando se cansaban, se acostaban a dormir a la sombra de algún paquete de acelga.
Desde que los hombres habían caído derrotados, él esperaba pacientemente su oportunidad. Se había mantenido arriba en las encuestas. Y había hecho campaña intentando quedar bien con cada una de las verduras. Por fin, el día había llegado. La asamblea del Reino Verdulero lo declaró como nuevo monarca. Desde su balcón y rodeado por sus más cercanos colaboradores, el Rey Aceite prometió hacer de esa, la tierra más deliciosa.
Desde que los hombres habían caído derrotados, él esperaba pacientemente su oportunidad. Se había mantenido arriba en las encuestas. Y había hecho campaña intentando quedar bien con cada una de las verduras. Por fin, el día había llegado. La asamblea del Reino Verdulero lo declaró como nuevo monarca. Desde su balcón y rodeado por sus más cercanos colaboradores, el Rey Aceite prometió hacer de esa, la tierra más deliciosa.
Diego M