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26 de marzo de 2008

La longitud de los momentos

Se queda paralizado con los pantalones en la mano izquierda. Cualquier observador común podría decir que Cristian está en el difícil trance de salir chapoteando del mundo de los sueños para pegarse de frente con la realidad. Y no estaría del todo errado. Pero lo que Cristian está viviendo, sentado en su cama con los pantalones en la mano, la mirada perdida y el reloj marcando las 5:30, es su “momento revolucionario”. Esos dos minutos que dedica una o dos veces por semana para replantearse toda su vida en el único momento en que uno puede replantearse su vida: al comenzar el día. Entonces imagina que va a tirar el pantalón en la pila de ropa y se va a acostar a dormir hasta que ningún despertador egoísta pueda sacudirlo. Imagina que le va a decir a su jefe lo que verdaderamente piensa, se lo va a gritar para luego darse vuelta y salir con una sonrisa ancha por última vez de ese miserable laburo. Imagina que ese va a ser el día en que va a levantar el teléfono y va a hacer ese llamado que debería haber hecho hace muchísimo tiempo. Imagina que hoy es un excelente día para comprar un paquete turístico a Europa y así cumplir con ese viejo sueño.
Pero siempre la cabeza va para un lado y el cuerpo para el otro. Por eso, mientras Cristian imagina todo esto, la mano izquierda ayudada por la derecha le colocan el pantalón, primero en una pierna y luego en la otra. Luego le colocan las zapatillas y así sucesivamente lo visten de todo lo que a él le repugna ser. Y en lugar de seguir durmiendo, o de levantar el teléfono, o de comprar un paquete turístico, Cristian toma el colectivo hacia el trabajo una vez más.
Pero sólo él sabe, muy en el fondo de su cabeza, que algún día (más lejos o más cerca, pero qué importa si ese día va a llegar) su “momento revolucionario” se va a convertir más en revolucionario que en momento.

Diego M

8 de mayo de 2007

Sueños

Entre los arboles te sentís casi virgen. Tu mente en blanco vuela buscando un mundo mejor. Pero no el de los sueños: ellos son peligrosos, oscuros, inconscientes. Van quemando tu ser, atándote a un destino incierto. En una mañana arbolada jugás a liberarte de los sueños. Abrís tu alma y dejás fluir tus emociones. Jugás al sol y volás. Nada importa porque no estás soñando. Sacás de ese rincón lejano los recuerdos más valiosos que tenés. El sol toma todo eso; lo embellece y lo ilumina. Pero por las noches todo es distinto. Guardálos bien, porque los sueños usan todo en tu contra. Destruyen tu mundo espiritual. Y te acechan por las noches y no podés gritar y sufrís y llorás y escapás y te hundís y flotás. Pero sale el sol y los árboles te dan paz y la noche…

Diego Monrroy

19 de abril de 2007

La incomodidad de las mañanas

Hoy pensaba (si es que se puede llamar "pensaba" a una reflexión en medio de las horas de sueño) que cuando uno encuentra la posición ideal para dormir (ya sea boca abajo con la cabeza hacia la derecha o izquierda o hecho una bolita "fetal" o boca arriba a ronquido limpio) el despertador (llámese "despertador" a todo aparato eléctrico y/o electrónico que genera un ruido molesto y nos obliga a levantarnos de la cama) suele interponerse entre las benditas horas de sueño y nosotros, volviéndonos drásticamente a la realidad (llámese "realidad" a los niños cambiados para ir al colegio o al traje colgado para ir a la oficina o al tiempo libre sin saber que carajo hacer con él) Entonces uno suele levantarse de mal humor (esto quiere decir: no saludar a la persona que convive con uno, ladrarle a su propio perro, putear en la calle por nada o ponerle cara de orto al colectivero porque no escuchó el ochenta centavos de nuestra voz cavernosa) y el día suele ser complicado (como el mío, hoy)

Diego Monrroy