Mostrando las entradas con la etiqueta de la vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta de la vida. Mostrar todas las entradas

17 de noviembre de 2019

Transmitiendo desde las nubes

De golpe te encontrás a once mil novecientos metros de altura, a ochocientos y pico de kilómetros por hora: te sacuden, te sentís aturdido, como secuestrado. Al principio no sabés que hacer con tu tiempo. Después te acomodás, escuchás música, ves películas, leés, sonreís mucho. Vas haciendo todas esas cosas que te encanta hacer pero que sólo te las permitís en vacaciones.
De repente, te encienden las luces, te abren una puerta y aparecés en otro lado, a miles de kilómetros. ¿Magia? Puede ser, y contracturas también. Pantorrillas, espalda y tobillos declaran que, después de 12 horas de vuelo, tendrían que darte gratis un dia de spa.
¿No es extraño que hayas tenido que separar los pies de la tierra para poder volver a escribir algo? Lease “algo” que no llega a ser “algo decente”. Estas líneas se sienten como cuando un ingeniero, después de proyectar y llevar a cabo decenas de obras, y luego de un tiempo prolongado de bloqueo (¿existe el bloqueo de los ingenieros? ¿es por falta de ideas o de financistas?) En fin, decía que es como cuando un ingeniero arregla la puerta de su alacena con un martillo y dos clavos: es volver a sentirse útil, darse cuenta de que todavía podés arreglar algo, cantar algo, escribir algo. Todo sirve. Disfruten del viaje.


Diego M

23 de febrero de 2010

Gonzalo

Los chicos de la otra cuadra están jugando al fútbol en el baldío de la esquina. Gonzi saca la bicicleta del garage, se sube y empieza a pedalear rumbo al baldío. Unos metros antes de la esquina sus pies comienzan a dudar. Frena. Sus ojos se mezclan con las piernas de los chicos: la pelota, el pasto seco, la tierra, el “pasamela”. Deja la bici en el piso. Las risas y las puteadas de los chicos de la otra cuadra (como los llama él) se acercan. Por un momento parece que se va a unir. Tiene muchas ganas de jugar al fútbol. Siempre tiene ganas. Pero (también como siempre) pega la vuelta, se sube a la bici y vuelve a su casa pedaleando impotencia.
Su papá está durmiendo la siesta, los ronquidos se escuchan desde la cocina. Gonzi busca en el segundo cajón del mueble viejo. Encuentra un bloc de hojas que logran iluminar sus ojos. Agarra una lapicera del mismo cajón, se sienta con las hojas bien agarradas en sus manitos y se pone a dibujar. Cuando se cansa, va a su cuarto y saca un libro de geografía de la biblioteca. Se acuesta boca abajo en su cama y se pone a ver las fotos de saturno, júpiter, marte. Los chicos de la otra cuadra siguen jugando al fútbol en el baldío de la esquina. Gonzi deja el libro y se acerca a la ventana. La imagen de los chicos sucios de tierra y llenos de felicidad le borra su sonrisa débil. Se aparta de la ventana y va al living a jugar con los autitos.
Algunos años después, Gonzalo se está duchando en el vestuario de la fábrica, luego de una larga jornada de trabajo. La cortina de su ducha es la única que está cerrada. Sus compañeros hacen bromas, se putean, pero él se mantiene al margen de todo eso. Está pensando en un número de teléfono especial. El número que le consiguió Pablo. De camino a su casa piensa en que su padre seguramente está durmiendo la siesta, y decide llamar desde un locutorio.
Si Gonzalo hubiera marcado el número, en este preciso momento podría estar con una sonrisa muy ancha, de esas que mostraba esporádicamente de niño. Del otro lado de la línea, una voz de mujer se mostraría amable y, tal vez, aceptaría una invitación para tomar un café con él. Pero Gonzalo sostiene el tubo del teléfono y no marca, el tono zumba en su oído derecho. Cuelga y sale del locutorio. Ya en la vereda, su mano derecha deja caer mucho más que un papel.

Diego M

4 de febrero de 2009

El vuelto (con audio)

Su madre le había recomendado ir a la iglesia, que la fe salva, que Dios siempre le da una mano a quien la necesita. ¿Dios?, ¿qué dios?, sólo un jefe inoperante podría estar al mando de ésta locura.
Ahora él estaba dentro del Falcon gris de un amigo esperando el momento exacto para dar el golpe. Eran las diez y media de una noche hombrelobuna. Sintió el seguro de su cordura desactivándose. La luz de la habitación de su casa se había apagado hacía unos minutos. Cruzó el jardín en donde había jugado tantas veces con su hijo. Se detuvo ante la puerta y sacó sus llaves del bolsillo izquierdo. Su pulso no lo ayudaba, pero encontró la adecuada. Metió la llave en la cerradura, giró el picaporte y abrió. Lo recibió el aroma del algarrobo. Las lágrimas comenzaron a quemar sus mejillas. Sus zapatos saborearon la escalera lentamente, peldaño a peldaño. En su bolsillo derecho, las monedas golpearon el metal de la pistola. Atravesó el pasillo. Fue directo a la segunda puerta de la derecha. Los gemidos del otro lado le dieron el empujón final hacia el abismo. Y entró.


Diego M

22 de septiembre de 2008

Tips para arruinar la convivencia

-Uno de los dos integrantes de la pareja debe resignar muchas cosas para ir a vivir con el otro, por ejemplo: quedar muy lejos de sus amigos y de su familia, tener mucho viaje hasta su trabajo, etc.
-Tener horarios de trabajo muy diferentes, que casi casi no les permitan cenar juntos y que los pocos momentos compartidos sean efímeros y marcados por el cansancio de la jornada laboral.
-Que uno (o los dos) no quiera ceder en diversos temas, que pueden abarcar desde la película que vamos a alquilar el sábado hasta los días de limpieza en el hogar.
-Que falle la comunicación: uno de los dos no le cuenta X hecho al otro para no preocuparlo o sobrecargarlo, pero el otro tiene ganas de que el uno le cuente, porque tal vez lo puede ayudar de alguna manera.
-La rutina: todos los días te pasan a buscar por el trabajo, todos los días cocinás algo parecido… (inserte aquí más ejemplos rutinarios).

ADVERTENCIA: estos tips son prácticamente infalibles y no deberían ser utilizados en la vida de pareja.

Continuará…
Diego M

19 de agosto de 2008

Todo está guardado en la memoria

Me acordé de Mariela y su delantal blanco impecable. De la plaza Belgrano y sus juegos de madera despintada. De los picados en la calle con Juan, Ale y David. Del olor a pan casero que irradiaba la cocina de mi vieja los domingos por la tarde. Del primer beso con Julieta. De la primera rateada, en séptimo grado, cuando nos fuimos a caminar por Florida y Lavalle. Del viaje de egresados, las excursiones y las fiestas. De los asados en lo de Walter y los chistes malos de Raúl. Del primer día de Facultad: los nervios, las caras hostiles y desconocidas.
Me acordé de Verónica y lloré.
Al final, sólo sentí el dolor de la soga ajustada, el ruido a madera y nada más.


Diego M

24 de julio de 2008

26 de marzo de 2008

La longitud de los momentos

Se queda paralizado con los pantalones en la mano izquierda. Cualquier observador común podría decir que Cristian está en el difícil trance de salir chapoteando del mundo de los sueños para pegarse de frente con la realidad. Y no estaría del todo errado. Pero lo que Cristian está viviendo, sentado en su cama con los pantalones en la mano, la mirada perdida y el reloj marcando las 5:30, es su “momento revolucionario”. Esos dos minutos que dedica una o dos veces por semana para replantearse toda su vida en el único momento en que uno puede replantearse su vida: al comenzar el día. Entonces imagina que va a tirar el pantalón en la pila de ropa y se va a acostar a dormir hasta que ningún despertador egoísta pueda sacudirlo. Imagina que le va a decir a su jefe lo que verdaderamente piensa, se lo va a gritar para luego darse vuelta y salir con una sonrisa ancha por última vez de ese miserable laburo. Imagina que ese va a ser el día en que va a levantar el teléfono y va a hacer ese llamado que debería haber hecho hace muchísimo tiempo. Imagina que hoy es un excelente día para comprar un paquete turístico a Europa y así cumplir con ese viejo sueño.
Pero siempre la cabeza va para un lado y el cuerpo para el otro. Por eso, mientras Cristian imagina todo esto, la mano izquierda ayudada por la derecha le colocan el pantalón, primero en una pierna y luego en la otra. Luego le colocan las zapatillas y así sucesivamente lo visten de todo lo que a él le repugna ser. Y en lugar de seguir durmiendo, o de levantar el teléfono, o de comprar un paquete turístico, Cristian toma el colectivo hacia el trabajo una vez más.
Pero sólo él sabe, muy en el fondo de su cabeza, que algún día (más lejos o más cerca, pero qué importa si ese día va a llegar) su “momento revolucionario” se va a convertir más en revolucionario que en momento.

Diego M

31 de diciembre de 2007

No va más

Es probable que sea como dicen ustedes, los no-muchos, que los años hace años que no terminan. Pero yo estoy en la vereda de los no-pocos, que pensamos que los años sí terminan. Que cada vez que tiramos un almanaque al cesto realmente lo dejamos atrás. Que un año nuevo trae esperanzas nuevas, que las caras pueden ser otras, que los bordes se sienten, que no todo es una cinta de rutina cósmica. Es muy humano aferrarse a ésta creencia: si el año fue malo esperamos uno mejor, si el año fue bueno esperamos uno muy bueno. Tal vez deberíamos ser un poquito menos egoístas y esperar un año no tan bueno después de uno excelente, y cederle un futuro año maravilloso a alguien que la haya pasado realmente mal.
Tal vez haya años diseñados, tal vez el 31 de diciembre gira la ruleta y ahí mismo se decide qué tipo de año te va a tocar en suerte. Tal vez haya sólo treinta y seis variedades de años, o sea que si vivís lo suficiente podés llegar a tener algún año “deja vu”. Preparate, sólo faltan unas pocas horas para que la ruleta cósmica empiece a girar y decida tus futuros trescientos sesenta y pico de días...

Diego M

29 de diciembre de 2007

Paisaje de recuerdos

Los árboles formaban un círculo de fraternidad sobre su cabeza. Los pájaros corrían de acá para allá, cantando sus cosas de la vida. Las nubes tartamudeaban en el cielo, haciéndolo más bello, más sublime. Él contemplaba todo desde un banco de plaza Serrano, con los brazos en jarra detrás de la nuca. El cielo, los árboles y los pájaros le recordaban su infancia apurada, exigua, pero alegre a veces. Le gustaba treparse a todos los arboles que se le cruzaban. Siempre había intentos fallidos, las cicatrices en sus piernas hablaban por sí solas. Pero se levantaba una y otra vez y al final siempre lo lograba. También le encantaba mirar el cielo mientras remontaba su barrilete, ayudado por Manuel, su padrastro. Y a los pobres pájaros los había perseguido toda la infancia sin suerte. Desde el mediodía hasta casi entrada la noche se perdía en los baldíos buscando una presa. Pero lo único que conseguía eran unos vidrios rotos. Ahora, sólo las bocinas rompían la magia del paisaje. Porque la música que salía de los autos le gustaba. Mil voces distintas en el día, mil ritmos. La radio de su vida.
El sol empezaba a pegar fuerte, se sacó la remera y dejó a la luz su piel dura, curtida por soles y tardes de verano. De reojo vió que los autos frenaban en el semáforo. Se levantó de un salto, se acomodó la gorrita y tomó la escobilla que descansaba hacía unos minutos en el agua sucia. Fue directo al primer auto, a ganarse unas monedas.

Diego M

15 de diciembre de 2007

Las vidas de la vuelta

Pablo llamó a su mejor amigo pero lo atendió el contestador. Odia los contestadores porque el suyo le dice contento que tiene mensajes. O le dice triste que no tiene mensajes nuevos. Él no necesita que le digan si tiene que estar contento o triste porque es ciclotímico, y por eso a veces no sabe que ropa comprarse. Tal vez éste problema se deba a que su madre lo malcriaba de niño. Le compraba todo lo que quería, pero él se conformaba con la bicicleta con rueditas, igual a la de su primo de Entre Ríos, que vivía entre las vacas, rodeado de verde, de olor a pasto mojado, de mates calentitos por la mañana. Qué lindo el campo, en cambio la ciudad es un infierno de ruidos, ringtones, bocinas, gente apurada, charlas de locos, cafés a medio tomar y diarios a medio leer. El periodista que escribe en el diario debe sentirse mal: estuvo horas y horas transpirando, investigando, sacando conclusiones, y resulta que un tipo como Pablo lo compra, lo abre, ve como salió Chicago, busca una foto de una mina en bolas y listo. A la mierda la investigacion, la contaminación, el estudio de mercado y la bolsa de valores. Otra cosa que lo fastidia es que le corten el cable cuando se está por jugar un partido o cuando quiere ver una película. Él llega del trabajo, tira la ropa a un costado, agarra el control remoto y nadie logra moverlo del sillón por varias horas. Entre el sillón, la cama y el trabajo, Pablo consume unas 23 horas del día. Su esposa le vive reprochando que no hace nada: que no cambia la lamparita quemada, que no cambia el cuerito de la canilla, que no cambia la pila del reloj. Entonces Pablo sube el volumen de la tele o llama a un amigo o sale a recorrer la ciudad o se va a dormir. Se desviste y apoya la cabeza en la almohada que compró en sprayette, que no es tan cómoda como decían en la propaganda, y entonces sueña con ser diferente, con poder volar, con tener plata y un auto lujoso, un BMW o algo así. Pero se levanta al otro día sin alas ni plata ni auto y sube al bondi para comenzar la rutina, como todos los días de todos los años. Espera el fútbol de los viernes para despejar la mente y tomar unas cervezas con los muchachos, hablar de mujeres, de fútbol y de autos. De chico soñaba con otras cosas: quería ser importante. No soñaba con ser bombero, ni apagar incendios ni detener delincuentes, él soñaba con ser Presidente para acomodar a toda su familia en el poder, y así su prima Elvira no estaría sufriendo con los cinco hijos que tiene, uno más vago que el otro, o su mamá no tendría que viajar dos horas en bondi para que el médico la haga esperar otras cinco horas y así todo el día. Que ricos que eran los fideos caseros que preparaba su mamá, ¡terribles!, él los comía antes de ir a la cancha. Esos almuerzos son los momentos más felices de su vida. Y las tardes de fútbol. Y el gol de Chicago contra Almagro, el gol del ascenso. Pablo no tiene hijos, varias veces se le pinchó el preservativo y otras tantas ni usó, pero la suerte estuvo de su lado. Todavía recuerda la primera vez que tuvo que comprar preservativos, entró al kiosco y la señora que atendía era igualita a su tía Pocha, la que vive en Garín. Salió asustado porque le daba vergüenza. Por suerte, un hombre canoso de barba larga y muy buena onda se los compró y pudo hacer lo que tenía que hacer con su noviecita. Que linda época esa, cuando esperaba el viernes para ir a bailar a Cadalso, y pasaba a buscar a Silvia por la esquina de su casa. Viernes, sábados, y a veces los domingos también. Y pasear, caminar, sin responsabilidades. Ahora le da el sueldo completo a Laura, ella no deja que él administre, dice que no tiene “talento” para eso. Siempre usa la palabra “talento” para reprocharle por las cosas que no sabe hacer. Él no dice nada, no quiere tener problemas, no tiene intenciones de divorciarse, sólo aspira a sobrevivir unos años más bajo ese mismo techo con su esposa. Qué linda que era ella cuando la conoció: flaquita, pelirroja, con una cintura tremenda. Ahora había perdido la cintura en algún bingo, se había teñido de rubia a pesar de que le quedaba horrible y tenía un carácter de mierda. Los vecinos no saben todo esto, para ellos Pablo y Laura son un matrimonio feliz al cual sólo le faltan los hijos. Él le pide ayuda a Dios aunque es ateo, o más bien lo supone ya que nunca entendió bien eso de la religión. De chico veía a los otros pibes que pasaban arregladitos para ir a catecismo, mientras él jugaba a la pelota, y no le interesaba ni dios ni la madre teresa ni la madre de calcuta. Una vez escuchó que la madre de calcuta había vivido un montón de días sin comer, le extrañó mucho eso porque él no pasa ni diez minutos sin abrir la heladera para ver que hay. Laura no sabe cocinar, él cree que ella no hace mucho esfuerzo para aprender, siempre le costaron las cosas a Laura. A él también le costaron, le cuestan. Pero ponerse a pensar también lo fastidia, así que hace zapping buscando algún partido de fútbol del ascenso, mientras se come las papas fritas que le sobraron de ayer.

Diego M

6 de diciembre de 2007

Clavándome la lapicera en la garganta

Queridos Cruzagramas:

Esto que van a leer no pretende ser la resolución de una consigna. A ésta altura, mi cabeza cree que el viejo zorro zaiperiano pergeñó éste ejercicio para mí, para que me despida. No se asusten, esto que van a leer tampoco es una despedida. Yo no me puedo despedir de lo que soy: soy geminiano, soy hincha de Boca, soy hijo de Enrique y Alicia, y también soy un Cruzagramas. Ustedes saben bien lo que es ser un Cruzagramas, pero esto que están leyendo tampoco pretende ser un Manifiesto Cruzagramista. Los Cruzagramas que yo conozco (que serían algo así como el 100% del total) tienen varias características en común, a saber: son buena gente, son talentosos, les gusta trabajar en grupo, son solidarios, no se atan a géneros ni a estilos literarios, esponjean todos los conocimientos posibles de los otros Cruzagramas. Me detengo acá, releo. No quiero hacer nombres. Esto que están leyendo tampoco va a ser una lista de nombres adjetivados. Porque cuando uno hace nombres se le puede escapar alguno. Me es imposible acordarme de todos en éste momento y exponerlos en éste papel en el preciso instante en que los ojos comienzan a humedecerse y la cabeza a llenarse de recuerdos hermosos. Pero esto que están leyendo tampoco será una enumeración de recuerdos hermosos y compartidos. No. Porque las mejores anécdotas las guardo en mi mente: bien claras, emotivas. Si yo pasara alguna de esas anécdotas a éste papel, dejaría de ser lo que es, y además perdería fuerza, claridad, emotividad, sabor. Y ni ustedes (ni yo) merecemos eso.
Esto que están terminando de leer puede ser interpretado como un humilde homenaje que les debía, no sólo a mis compañeros nuevos, si no también a los viejos dinosaurios Cruzagramísticos, los que empezaron a sembrar la semilla. Entonces creo que va llegando la hora de despedirme… del texto (recuerden que esto que están terminando de leer no es una despedida). Por esas suertes del destino los crucé, y eso es algo que me marcó, me enorgulleció, me llenó para toda la vida. Porque antes era Diego Monrroy, pero ahora soy Diego M, un escritor en busca de alternativas (y rodeado de amigos)
Ahora que releo todo me doy cuenta de que sí: el gran Sebas propuso ésta consigna a propósito. También me doy cuenta de que esto que ustedes están a punto de terminar de leer no sé si cumplió la misma. De lo que sí estoy más que seguro, es que en estos tres años cumplí la consigna más compleja e importante de todas: encontré a ese ser creativo que estaba dormido adentro mío.
Y eso (y esto, y todo) te lo agradezco (a vos: Sebas, hermano, amigo) infinitamente.

Diego M

21 de noviembre de 2007

Producto de




Cruce de miradas en la oficina. Varias charlas de café. Una invitación a salir. Amor, bastante amor. Noviazgo largo con algunos baches. Casamiento íntimo pero muy feliz. Noches de pasión mezcladas con una pizca de suerte. Embarazo. Algunas complicaciones en el parto, pero nada grave. Una infancia tranquila. Secundaria mixta. Bastante inteligencia sumada a una buena dosis de carisma. Debut sexual tempranero y difícil. Algunos problemas de típica rebeldía adolescente. Dos amigos para toda la vida. Un viaje de egresados excelente. Dos años de incertidumbre. Una carrera universitaria trunca y la primera novia en serio. Agregamos una pizca de suerte para conseguir un buen trabajo. Y algunas muertes. Todo esto mechado con varios viajes. Un amor en Europa y uno en su país. Otra pizca de indecisión. Agregamos algunos años de terapia. Ahora sí: la elegida. Noviazgo tormentoso. Después la convivencia y algo de armonía. No van a tener hijos pero se van a acompañar mutuamente hasta los últimos días. El final te lo dejo a vos. Cuando termines, envialo para Argentina, a algún barrio de Buenos Aires. ¿Cuál?, eso lo dejo a tu criterio.
Mientras tanto yo empiezo con otro. Un amigo en común los presenta. Una pizca de llamados. Varias salidas. Algunos besos…

Diego Monrroy

19 de noviembre de 2007

Con los brazos abiertos

A Jime
Viniste. Y no sé si hay espacio suficiente en el placard para toda tu ropa. Tampoco sé dónde pondremos todos tus libros, ni tus apuntes, ni tus revistas. Ya sé que faltan muebles y sobra mugre. Ya sé que falta espacio. Y sé que el futuro está acá, a la vuelta. Pero también sé que sobra amor. Sé que mi casa se transformó en nuestro hogar. Sé que soy feliz. Somos.
Diego M

16 de noviembre de 2007

Sólo restos

Lo miré. Me miró. Veía la necesidad en sus ojos. Pero yo también. Dí un paso. Él dió otro. Estábamos a la misma distancia. Yo quería, pero... También lo vigilaba, parecía como que lo mantenía congelado por el sólo hecho de clavarle la vista. Y él sentía lo mismo. Las tripas se quejaban. Ya pasaron dos días. Quizá más. Amagué y se puso en guardia. La baba me caía por el costado de la boca, seguía el contorno del mentón y moría en la mugre del cuello. Me tiré de cabeza y lo agarré. El olor del asado pudo más que el miedo. Cuando le estaba dando el primer mordisco, él se abalanzó. Me planté. Le grité le ladré le mostré los dientes. Dió media vuelta y se fue con bronca, a buscar otro hueso, en otro callejón.

Diego M

21 de septiembre de 2007

Estacional

Me levanté con unas lindas ganas (poco originales) de escribir un texto sobre la llegada de la primavera. Entonces escribí algo así como: "los arboles vuelven a florecer, los estudiantes pasean felices por las calles, los pájaros vuelven a cantar, el sol tiene otro color y la gente se ve más feliz". Una porquería ¿no?
En el segundo intento apliqué teorías minimalistas y salió esto: "la primavera está muy buena". Cero elaboración, cero poesía, no aporta nada.
Tercer intento, ahora de estilo oriental:
"Llegó la primavera
los árboles florecen
como tu sonrisa"
¡Puaj! muy parecido al primero, pero con la engañosa forma de un haiku.
Entonces pensé en las caminatas por la costa del río, en los mates en contacto con el pastito, en el aire mediocálido mediofresco pegándote en la cara, en la ropa primaveral que sale del placard, en las ganas irrefrenables de tomarte un micro a cualquier lugar, en correr, en saltar, en jugar al fútbol, en las chicas mostrando (por fin) las piernas, en la gente tomando sol en la plaza de la esquina.
Y puse punto final (me voy a tomar unos mates).

Diego M

2 de julio de 2007

Charlas de café

Un amigo me repetía cada vez que nos sentábamos a charlar: “la vida es muy frágil. A veces no me puedo ni levantar de la cama pensando en que cada paso que doy, cada acción, puede ser la última. Imaginate si te resbalás bañándote, o si te distraés antes de cruzar la calle, o si alguien se te acerca con un cuchillo, o, simplemente, tu corazón deja de latir sin ningún motivo. Cuando pienso en todo este asunto de la fragilidad de la vida me paralizo” Y yo le decía que no podía vivir pensando así, que la vida era una sola y que él era un persona sana. Que, encima, él era un tipo tan obsesivo que revisaba tres veces la llave del gas antes de salir de su casa. Además, miraba para ambos lados de la calle dos veces antes de cruzar, aunque ésta pérdida de tiempo lo hiciera llegar tarde a todos lados.
Yo lo hacía porque sí, porque no podía verlo en esos momentos con la mirada apuntando a sus cordones, con los ojos nublados y la voz temblorosa. Pobre Osvaldo, pensaba. Ahora él sigue allá. Cuando levanta la cara de ojos inundados, yo le hablo. Sé que me está buscando. Pero no me puede escuchar.

Diego Monrroy

29 de junio de 2007

Recuerdos molestos

¿Por qué cambio de canal sin detenerme a ver las imágenes? Siento como una fuerza divina que acciona sobre mi dedo pulgar pidiendo más y más imágenes sin sentido. El zapping se congela en mi dedo. History Channel. ¿Por qué?, si nunca miro History Channel. Parece un circo muy antiguo, ¿será la historia de los circos?, ¿o de los payasos? Un pibe haciendo malabares con unas bolas. No entiendo por qué me viene esa imagen a la mente. Circo, pibe... ¡Carlitos! Ese pendejo de mierda, todas las minas del barrio andaban atrás de él. Yo no entiendo que le veían; flaco, desgarbado, siempre despeinado, rebelde. Eso debe ser, la rebeldía les hace ganar mujeres.
Vivía enfrente de mi casa, medio en diagonal, al lado de lo de Doña Alicia. No me acuerdo si estaba con los padres, creo que no, lo cuidaba la tía o la madrina. Igual el pendejo no le daba ni cinco de bola, se iba y volvía cuando quería, se pasaba todo el día en la esquina con los pibes jugando al fútbol. En eso sí tengo que reconocer que era bueno. En cambio yo no podía arrimarme, ni al arco me dejaban ir. Igual prefería las clases de catecismo y de guitarra antes de juntarme a boludear atrás de un pedazo de cuero.
No me caía bien el pibe. Era demasiado sociable, hasta me parecía falso por momentos. Aunque no me molestaba tanto porque yo tenía mis amigos por otro lado. Hasta que llegó el circo. ¡Qué locura en el barrio! Era la novedad. Me acuerdo que mi viejo me llevó a una de las primeras funciones. Se respiraba magia en el aire, magia y dulzura.
Entonces la ví. Suspendida en el aire. Era el pájaro más bello que se haya visto volar jamás. El pelo castaño y lacio, la sonrisa brillante. En ese momento sentí que había germinado por primera vez en mi corazón la semilla del amor. Logré que mi viejo me llevara a varias funciones más, ella seguía espléndida y yo loco por ella. Pero... Siempre hubo peros en mi vida. Me puse como loco el día que Rolo me contó que Carlitos le había echado el ojo a Naty. Los rumores siguieron corriendo. No lo podía creer hasta que los ví, de la peor forma. Después de una función me animé a ir a buscarla. Le voy a explicar todo lo que siento, pensé. Mi corazón ardía. Quería ver como reaccionarían sus ojos de chocolate cuando… Los ví juntos. Y no pude contener mis lágrimas de bronca, de impotencia, de niñez triste. Se fue el circo, creo que se fueron juntos, no sé ni me interesa.
Basta.
Me parece que en Fox a ésta hora están Los Simpsons. Que canal de mierda este History Channel.

Diego Monrroy

20 de junio de 2007

Chispas

A Jime, por llenar mi cajita

La felicidad viene en chispazos. No es un resplandor continuo sino algo intermitente, tartamudeado. Depende cuan cerca esté un chispazo del otro uno es más feliz o menos feliz. El problema surge cuando la vida te esconde los fósforos, entonces ¿con qué hacer chispa? Tanteás a tu alrededor tratando de conseguir algo que te ayude: un ascenso, una buena nota, una sonrisa de una compañera de trabajo, un atardecer. Pero la oscuridad se mantiene. Aunque tal vez no sea exactamente oscuridad lo que cubre la ausencia de chispas, tal vez sea una masa gris que te aplasta. Entonces pensé que, a veces, la memoria te da fósforos artificiales que crean chispazos tenues pero muy reales, chispazos de flashback. Y me dí cuenta de que la salida a éste gris la tengo a mano, al alcance de mi mente. Mientras tanto seguiré buscando los fósforos.

Diego Monrroy

25 de abril de 2007

El vuelto

Su madre le había recomendado ir a la iglesia, que la fe salva, que Dios siempre le da una mano a quien la necesita. ¿Dios?, ¿qué dios?, sólo un jefe inoperante podría estar al mando de ésta locura.
Ahora él estaba dentro del Falcon gris de un amigo esperando el momento exacto para dar el golpe. Eran las diez y media de una noche hombrelobuna. Sintió el seguro de su cordura desactivándose. La luz de la habitación de su casa se había apagado hacía unos minutos. Cruzó el jardín en donde había jugado tantas veces con su hijo. Se detuvo ante la puerta y sacó sus llaves del bolsillo izquierdo. Su pulso no lo ayudaba, pero encontró la adecuada. Metió la llave en la cerradura, giró el picaporte y abrió. Lo recibió el aroma del algarrobo. Las lágrimas comenzaron a quemar sus mejillas. Sus zapatos saborearon la escalera lentamente, peldaño a peldaño. En su bolsillo derecho, las monedas golpearon el metal de la pistola. Atravesó el pasillo. Fue directo a la segunda puerta de la derecha. Los gemidos del otro lado le dieron el empujón final hacia el abismo. Y entró.

Diego Monrroy