29 de mayo de 2007

Retazos

Una bomba de tiempo
sacudió los cimientos
Y el mundo se movió

Lágrimas secas de futuro
Voces ahogadas
Truenos de silencio
ojos sin pupilas
El alma en pena de tu cuerpo
agitandose en plegaria

El viento suena en mi almohada
Postales eróticas sueltas
En el agrio sabor de la noche

Insomnio
Dolores
Pastillas
Juntos

No veo donde estás
Y la muerte rodea
dicta el fin de la obra
del amor que no fue

Vibro y me niego
Tu recuerdo envuelto en niebla
me arrastra
Y me voy
Dios nadapoderoso
Te odio

Diego Monrroy

21 de mayo de 2007

Asfalto rojo

El sol le pegaba en la cara. La cara le dolía pero no era por el sol ni por la cachetada ni por el golpe. En el medio de la avenida la cara le dolía y él se puso a caminar. Las bocinas reprochaban pero él no obedecía. El horizonte lo esperaba allá lejos, pero ahora estaba más cerca y de golpe qué ganas de vivir una vida sin horizonte. Y qué lindo porque una paloma mensajera le dejó un mensaje de olor en el medio de la pelada y un perro le mordió el tobillo derecho a la altura del pie: tobillo y pie hermanados en un desangrar de perros. Las luces de neón le pegaron en la cara, la cara le dolía pero no era por las luces de neón ni por el sol ni por la cachetada ni por el golpe ni por las bocinas. Le dolía porque sí. Porque la vida duele más que una inyección a un niño, aunque el doctor dijera que no iba a doler. Doctor mentiroso y repugnante con su delantalcito blanco manchado de sangre. Su sangre. Pero él caminaba hacia el horizonte. El horizonte estaba para el otro lado: el lado de los buenos, de los vivos, de los sanos. La música le llegaba por el oído izquierdo y le salía por la boca. Algo que sonaba como los Rolling Stones pero muertos. Los perros muertos ya no muerden más tobillos. Las palomas mensajeras muertas no dejan más mensajes de olor. Los doctores mentirosos y repugnantes no hacen llorar más a niños inocentes. Pero el horizonte no está. Y encima la cara le duele y no es por las luces de neón ni por el sol ni por la cachetada ni por el golpe ni por las bocinas. La cara le duele y él siguió caminando.

Diego Monrroy

15 de mayo de 2007

Tierra húmeda

Te extraño papá. Cuando veo los esqueletos de los árboles bailar con el viento. Cuando levanto piedras al caminar, como me enseñaste. Cuando veo el verde a lo lejos, por donde cabalgábamos juntos. Siento astillas en el corazón cuando oigo el canto de los pájaros o el rumor del agua en las acequias. Quiero revivir esas caminatas. Pero no estás, y no se puede revivir tu ausencia.
Hoy fui a caminar por la calle principal. Tendrías que haberles visto las caras. Se codeaban al verme. Yo no les presté atención, dejé que sigan tejiendo sus mentiras. ¿Alguien me prohibió volver, acaso? Me dan asco, y a vos también te darían asco. Pensar que decían ser tus amigos.
Ahora me subí el cuello de la campera para cuidarme la garganta, porque “el viento de acá es traicionero, m´hija”, como decías vos. El camino me fue trayendo, como si la casa me llamara a través de mis pies. La reja está tan descuidada, papá. El verde que le pintaste se fue, el óxido le ganó en el tiempo. La tierra está seca, quebradiza, ausente de lluvias.
No podía volver, perdoname. Me dolía enfrentar esas miradas. Temía volver a encontrarme con las postales de nuestro pasado. Ellos no saben que fue un accidente, por eso me acusan. Pero acá estoy, a pesar de todo y de todos. Vine a visitarte. A saldar cuentas. Para que tu recuerdo no me duela más.

Diego Monrroy

8 de mayo de 2007

Sueños

Entre los arboles te sentís casi virgen. Tu mente en blanco vuela buscando un mundo mejor. Pero no el de los sueños: ellos son peligrosos, oscuros, inconscientes. Van quemando tu ser, atándote a un destino incierto. En una mañana arbolada jugás a liberarte de los sueños. Abrís tu alma y dejás fluir tus emociones. Jugás al sol y volás. Nada importa porque no estás soñando. Sacás de ese rincón lejano los recuerdos más valiosos que tenés. El sol toma todo eso; lo embellece y lo ilumina. Pero por las noches todo es distinto. Guardálos bien, porque los sueños usan todo en tu contra. Destruyen tu mundo espiritual. Y te acechan por las noches y no podés gritar y sufrís y llorás y escapás y te hundís y flotás. Pero sale el sol y los árboles te dan paz y la noche…

Diego Monrroy

3 de mayo de 2007

Jimena

La música entra por la piel y nuestras pieles arden en los cienfuegos. Cuando tus labios se imantan en mis ojos siento que el tiempo debería detenerse para degustar cada instante, aunque esta sobredosis de vos me ciegue el alma.
Pido más y más porque tus brazos me rodean y me protegen de las fotos que duelen, del vacío de mi casa. Me protegen de mí. Cuando estoy a punto de estallar, de decirle a mi jefe que no puedo, que no aguanto más. Cuando siento que los problemas caen como en una catarata, se me cruzan tus lunares, tu sonrisa de ojitos achinados y entonces todo vuelve a cobrar sentido. Sos mi refugio antibombas. Tenés ese poder sobre mí: esa magia blanca y sanadora que no deja lugar al dolor de los recuerdos, al café a medio tomar, a la servilleta rota en mil pedazos. Porque nuestro mundo es otro mundo, y eso nadie lo va a entender. Sintonizamos el mismo canal: el del odio a las aceitunas, el de los recitales de Pez, el del cine europeo. Entonces pienso en esos ojos que reflejan, en esa lengua que recorre y excita, en esos besos que dejan. Me imagino a tu lado, aunque los mapas digan otra cosa, y siento como si me susurraras al oído que todo está bien, que todo pasa, que vos...
Ya sabés que no creo en el destino ni en los horóscopos. Por eso me río cuando me decís que el mono es compatible en el amor con el caballo, según Ludovica Squirru. No sé qué capricho del destino me llevó hasta vos. Y no me importa. Porque mi piel vibra cuando estás cerca. Porque sólo vos podés quemar mis retinas con esa remera roja que muestra. Porque me rescataste de los sábados de pizza y de películas vacías; del abrazo frío de mi colchón; de las caminatas insomnes sobre las vías del tren. Porque todo lo que estaba esperando está condensado en vos.
El tiempo sigue pasando a la lenta velocidad de tu ausencia. Hoy siento que la próxima vez que te vea no llega más. Pienso en cuándo volveré a besarte, tocarte, sentirte, morderte. Cuando nos sentaremos a hablar de Tim Burton, del caramelo que arruina al flan y de la falta de buenos cantantes. Todo eso me da fuerzas para continuar porque los días a tu lado no son vacíos. No. Cada día a tu lado es una asociación libre de amor. Quedate. Entremos por nuestros poros y hagamos juntos esta canción. Estallemos nuestros destinos. Bombardeo espiritual.

Diego Monrroy