14 de enero de 2010

Otra encuesta inútil de verano

Segun sondeos de la Consultora "Tenemos que actualizar el blog y no sabemos como", el 86,4 % de la gente coloca la pastilla de Fuyí vape (o de Raid) en el aparatito con la marca apuntando hacia arriba. Aparentemente, la pastilla funcionaría mejor así, o bien a la gente "le da cosa" poner las letras para abajo.
Hasta el momento, la Consultora no ha podido obtener testimonios de mosquitos, para que den algo de claridad al asunto.

Diego M

26 de diciembre de 2009

De 10 a 15

Se quedó porque la fila para pagar era más corta que nunca. También había otras filas: para pedir monedas, para cobrar, para depósitos y algunas otras que él nunca había utilizado. Ni bien se puso en la fila se empezó a llenar de gente detrás suyo. Los que más le llamaron la atención fueron dos hermanos gemelos con camisas floreadas iguales. Y una señora con un sombrero rojo. El día transcurría tranquilo y la fila avanzaba, lenta pero implacable. Siempre había admirado la facilidad de cierta gente para entablar charla en el banco. Pero nunca había presenciado una charla tan animada como la del muchacho de bermudas marrones con el señor de boina negra. Parecía que fueran abuelo y nieto, pensó. Una señora de saco beige le preguntó si esa era la fila para pedir monedas, él muy amablemente le dijo que no y le señaló a su derecha. Se sorprendió al ver que la fila para pedir monedas ya contaba con unas treinta personas y dos curvas en forma de “viborita” para no juntarse con la fila de los depósitos.
El muchacho de bermudas marrones le contaba a su muy probable abuelo de boina negra que estaba de novio, que nunca se había sentido tan bien en la vida. El abuelo le preguntó desde hacía cuanto que salían y el muchacho le contestó que un mes y dieciocho días. El abuelo de boina hizo un imperceptible gesto de “me lo imaginaba” y le dedicó una tierna sonrisa al muchacho que podría haber sido su nieto pero no lo era. Alguien le pidió permiso desde su costado izquierdo. Dejó pasar a una muchacha de unos veinte años, que salía de la fila de depósitos, cansada de esperar. La fila de depósitos tenía ya más de cincuenta personas en su haber, y cuatro curvas en forma de “viborita” formando un zigzag muy gracioso. Giró y vió que la fila para pagar llegaba hasta los ventanales del banco. La gente había decidido apoyar sus culos contra el vidrio, porque el cuerpo les pesaba demasiado. Buscó la hora en su muñeca izquierda y se dió cuenta de que había olvidado el reloj en su casa. No importaba, hoy no tenía ningún apuro. Sintió un codo en su costado derecho, un señor de unos 45 años y pantalones de jogging le pidió disculpas, diciéndole que no había mucho espacio en el banco, nuevamente le pidió disculpas y le contó que estaba en la fila para reclamos, ya que había ido a cobrar, luego fue a la fila de pagos y la plata no le había alcanzado. Entonces cuando había ido a pedir monedas el señor del banco, de muy mala manera, le había dicho que no le podía dar monedas si no tenía dinero. El señor de pantalón de jogging le objetó que eso no era cierto, que él había tenido dinero unos minutos antes pero se lo habían sacado todo en la ventanilla de pagos. El olor a transpiración del señor de jogging le había empezado a molestar, era un olor lo suficientemente fuerte como para apartar la cara. Cuando la conversación le dió un respiro giró su cabeza hacia la izquierda pero se encontró con el hombro de una señora robusta. Ella giró sorprendida y le pegó con el ala del sombrero de paja en la frente. La señora robusta no sólo no le pidió disculpas, si no que lo insultó y le pidió que no intentara colarse en la fila para pedir monedas. Él estuvo a punto de decirle que era una maleducada, y que además, estaba equivocada porque la fila para pedir monedas estaba a la derecha. Pero decidió no decirle nada, estaba de muy buen humor ese día y prefería evitar discusiones inútiles. Ahora el abuelo de la boina negra le explicaba a su no-nieto de bermudas marrones que la jubilación no le alcanzaba ni para los remedios, pero igual venía a cobrarla porque era lo único que tenía. Entonces ahí sí él reaccionó y le dijo que esa fila era para pagar, no para cobrar. El abuelo de boina negra le dijo que no podía ser, con un gesto de desconfianza. Y decidió salir de la fila para preguntarle al guardia del banco. Claro que esto no le resultó sencillo, ya que la gente estaba muy apretada. A la derecha la fila de reclamos, a la izquierda la de las monedas (aunque él no estaba tan seguro de esto último), un poco más allá estaba la fila para cobrar (aunque el abuelo de boina seguía diciendo por lo bajo que la fila para cobrar era esa en la que él estaba) y más a la izquierda estaba la fila de depósitos. A ésa altura las filas se empezaban a entrecruzar junto con las conversaciones. Una señora de cartera azul le comentaba a un adolescente con mucho acné que necesitaba imperiosamente las monedas para viajar, mientras el muchacho le decía que no estaba seguro de que la plata que le había dado su madre le alcanzara para pagar todos los servicios, no podía estar seguro, decía, porque siempre lo habían complicado las sumas con decimales. Él logró avanzar una posición en la supuesta fila para pagar (supuesta para el abuelo, pero segura para él) porque el muchacho de las bermudas marrones se fue con cara de preocupación a buscar al abuelo de boina negra que había salido de la fila para preguntarle al guardia cuál era la fila para cobrar. Cuando estaba pensando en que tendría que reservarles los dos lugares por las dudas que el muchacho y el abuelo volvieran, volvió a ofrecerle conversación el señor de los pantalones de jogging. Decía que era sorprendente la rapidez de los cajeros del banco para atender. Que él venía de otro país en el cual era insoportable hacer cualquier trámite bancario. Debido a esto, le explicaba, su sueño siempre había sido ser cajero de banco, para atender bien a la gente y agilizarle los trámites, pero finalmente se había dedicado a los deportes. Ahí se hizo un silencio, como esperando la pregunta de él sobre que deporte era al que se había dedicado. Pero lo cierto era que él no había podido escucharlo porque no aguantaba el olor de su transpiración, y además, un niño había pasado agachado entre sus piernas, como simulando andar por un túnel, y le había pegado con la cabeza en los testículos. Él se había aguantado de darle un cachetazo porque le parecía que la madre del niño era la señora robusta y maleducada de sombrero de paja. Además, se había agachado levemente para tratar de mitigar el dolor sordo al cual el niño lo había sometido con sus juegos. También estaba pensando en si volvería o no el muchacho de bermudas y su no-abuelo de boina negra, porque la fila había avanzado unos pasos y él les seguía guardando los lugares. Mientras pensaba esto un nuevo codo se había clavado, pero ésta vez en el medio de su columna vertebral, no pudo girar para ver quién habia sido pero escuchó un “disculpe” levemente agudo a su espalda. Tampoco supo si esas disculpas eran para él ya que le había parecido que había varias personas que se habían pisado, o se habían clavado los codos o se habían pegado con el ala del sombrero en la cabeza de otro. De repente se abrió un pequeño surco en la marea humana a su derecha y el muchacho de bermudas marrones le dijo que muchas gracias por guardarle el lugar pero no era esa la fila que él iba a utilizar. O sea, le contó que él venía a pagar, y esa era la fila correcta, pero le había tomado tanto el gusto a la conversación con el abuelo de boina negra que había decidido acompañarlo a cobrar su jubilación. De ahí lo acompañaría a su casa y recién mañana volvería a pagar lo que sea que tenía que pagar. Él quiso saludarlo con un ademán de cabeza pero debajo de su barbilla había un señor petiso pelado de anteojos, el cuál lo insultó (sin darse vuelta ya que no había lugar) por el golpe que le había dado en la pelada. Él quiso disculparse con el señor petiso pelado de anteojos, pero también quería saludar al muchacho de bermudas marrones ya que le había caído bien y había tenido un gran gesto por tomarse la molestia de venir a avisarle que no le guarde el lugar en la fila para pagar. Pero no pudo hacer ninguna de las dos cosas ya que alguien quería pasar por su costado y había extendido una mano y los dedos anillados de la señora de saco beige que había ido a buscar monedas se habían introducido en su boca provocandole una leve asfixia. Él quería pedirle a la señora que retire su mano porque le faltaba el aire pero no podía justamente porque la señora tenía los dedos entonces él quiso hacerle un ademán para que la señora viera su cara violeta pero la señora no lo vió y entonces él la empezó a ver borrosa los dedos se aglutinaron más y más contra su lengua y la señora de saco beige que sólo había ido al banco buscando unas monedas se transformó en una silueta sin forma y el aire le faltaba y todo negro.

Diego M

1 de diciembre de 2009

Historias obreras para coleccionar y anillar 2

Te quedaste sin trabajo. ¿Te quedaste o te dejaron? No fuiste vos, fueron ellos. Ahora voy entendiendo. Me decís que te armaron algo como para echarte, ¿y que no te pagaron ni un peso? no puede ser, aunque ahora que me decís que es una empresa multinacional... ¿de capitales estadounidenses? unos yanquis de mierda entonces. Sí, puede ser como me contás. Jodido el tema, pero tenés que disfrutar de tu tiempo libre, se viene el verano, el sol. Claro, querés disfrutar pero sentís culpa por la falta de trabajo. Te entiendo, pero tenés que relajarte, hacerte una escapadita de unos días. Claro, pero no querés gastar un peso porque te largaron de patitas en la calle y encima en diciembre. Sí, buena gente tus empleadores. Tal vez pensaron en darte el verano libre como para que arranques con todo en marzo. Sí, lástima que para arrancar con todo te tienen que llamar de alguna empresa ¿no?
Ahora, dejame que te de una opinión ¿te parece que te conviene volver a meterte en una fábrica? digo, por todo el cuento ese del sistema, que te oprime, que no te deja ser libre. En este momento sos libre, estás medio afuera del sistema, ahora es donde tenés que ser feliz. Claro, pero el sistema te vende que la felicidad va de la mano de la guita, de lo lindo que es comprarte ese cd, o poder comer un buen asadito. Te entiendo, pero en tu lugar, no sé, me convertiría en artesano. ¿Te diste cuenta que ellos van a otro ritmo? prestales atención, fijate como están en el puesto, o tranquilamente sentados en el medio de la vorágine de la ciudad. Te entiendo, tenés que tener alma de hippie para vivir así, pero debe estar bueno. ¿Por qué yo no soy artesano? no sé, supongo que nunca aprendí a hacer boludeces de ese tipo, soy un bicho de fábrica también.
Volviendo a lo principal, veo que te interesa meterte de nuevo en el engranaje de la vida. ¿Por qué te lo digo? porque ví que hoy fuiste a una entrevista. ¿No fue una entrevista? ¿en serio me decís? ¿fuiste a llevar un currículum y al llegar a la oficina sólo había un buzón? pero ese es el colmo del ahorro, ¡ni siquiera ponen una persona como para que te salude! que desastre, las relaciones humano-empresariales no me dejan de sorprender. ¿Cuando llegará el día en que te llamen a la oficina de Recursos Humanos (¿o des-humanos?) y ahí te atienda un robot directamente, y te diga que quedás desvinculado y no te dé ni las gracias? Claro, por qué te van a dar las gracias si ellos te pagaron puntualmente cada mes de todos los que vos laburaste, tenés razón.
Al final me doy cuenta de que sos un desagradecido, y encima querés salir totalmente del sistema que tan bien te trató en éstos 13 años. Andá, tomate un micro al sur, andate a El Bolsón a fumar porro con esos hippies sucios, andá a venderle boludeces a los turistas mientras yo sigo feliz laburando 9 horas por día entre éstas hermosas cuatro paredes.


Diego M

12 de noviembre de 2009

Gris verdoso

Republicado a cuento de nada y a gusto del autor


Lo peor era que los robots no entendían. Se miraban unos a otros, se rascaban la cabeza. Tomaron algunas muestras y ordenaron echar otra capa de asfalto encima. No iban a permitir que esa sustancia verde y enmarañada, a la cual algunos humanos llamaban "pasto", siguiera creciendo y tapando el hermoso gris de su ciudad.

Diego M

20 de octubre de 2009

Historias obreras para coleccionar y anillar

Hoy me hicieron una audiometría. En tiempos de vacío de ideas, cualquier cosa que a uno le suceda y que esté medianamente fuera de la órbita rutinaria, debe ser plasmado en un texto, el cual, más temprano que tarde (e inevitablemente) será publicado en el blog. Esto que escribí vendría a ser algo así como la “Ley de Emergencia Bloguística ante la falta de ideas” capítulo 15, inciso 4wzf.
Volviendo a lo acontecido, decía que hoy me hicieron una audiometría (que no es la primera ni será la última). Para los desentendidos del tema (que supongo serán varios) una audiometría consiste en ponerte unos auriculares y pasarte a un volumen excesivamente bajo y a intervalos, unos pitidos que suenan mas o menos así: piiiiiiiiiiiiii piiiii piii. Entretenido ¿no? Te lo van cambiando de oído, como para que no te duermas, lo que por supuesto no ocurre, porque uno está compenetrado, queriendo oír mas allá de lo conocido, peleandole el trono del oído absoluto al recuperado Charly García.
Alguno se preguntará ¿como es que uno le hace saber al “audiometrista” ¿? si escuchó o no escuchó el semitenue pitido?. Conozco dos tipos de experiencias audiometrísticas:
-La primera consiste en levantar la mano del oído en que se escuchó el sonido (método “del saludo audiometrístico”) El punto negativo de este método es que, si la audiometría se estira lo suficiente, uno se queda con una buena contractura en el músculo del o los brazo/s. El mismo músculo que se contractura cuando se juega al padel o al tenis (y no me pregunten como se llama, por eso les doy esos datos y ningun nombre)
-La segunda consiste en pulsar una tecla “tipo velador” (método “del velador audiometrístico”). El punto negativo en éste es que al audiometrista no le calienta en que oído se escuchó el pitido, por lo que uno puede estar muy mal de un oído y fenómeno del otro y aprobás el examen con 6 (pero estás medio jodido).
El asunto es que cuando estoy por entrar al minigabinete en donde hacen la audiometría (creo no haberles contado que este examen (y otros) se hacen en un micro-bondi, tipo casa rodante vieja y hecha pelota) siempre estoy pensando en que la sobredosis de recitales que me dí en el correr del año seguramente me dejó el tímpano flameando y la/el audiometrista se va a dar cuenta y me va a bochar de la prueba y entonces de patitas a la calle, sin laburo y a empezar de cero (no, peor, de cero y encima mediosordo) Y ahora que leo esto, pienso en como le habrá ido con la audiometría al tipo que labura conmigo y es de apellido Del Sordo, no puedo creer que la haya aprobado.
Para finalizar les dejo el final ¿feliz?: salió todo bien y afortunadamente seguiré trabajando 9 horas al día (o más) en una empresa multinacional de capitales estadounidenses.
¡Que lindo!
Gracias por leer hasta acá y disculpen la actualización tan seguida del blog.

Diego M

18 de octubre de 2009

El relax no es un buen compañero

Las posibilidades de que tu jefe entre a la oficina y te vea en actitud relajada después de haber trabajado varias horas sin parar son inversamente proporcionales a lo buena que sea tu relación con él.

Diego M

17 de septiembre de 2009

Los milagros de la medicina

Buenos Aires, año 2031

En el día de ayer, el equipo médico de la Fundación "Artistas Unidos Por Un Futuro Mejor" (A.U.P.U.Fu.M) dio en ésta capital una conferencia de prensa con importantes anuncios para la sociedad. "Hemos descubierto algo que, al fin, hará nuestro futuro mucho mejor" comenzó diciendo Mauricio Pérez Cánepa, el jefe médico de la Fundación, ante un auditorio colmado en su capacidad. "El ser humano posee desde su nacimiento un gen que lo hace proclive a conductas repudiables, tales como la delincuencia y la drogadicción" continuó, la frase fue acompañada por miles de expresiones de asombro y esperanza. "En el día de hoy queremos revelar a nuestra sociedad éste descubrimiento, aunque el mismo ya viene poniéndose en práctica desde el año 2015. De 1.000 casos tomados como patrón, el resultado positivo al test ha sido de un 99,9 % de efectividad" y las miradas de asombro tornaron en júbilo. Hasta se escuchó un gritito ahogado de una señora del fondo. "Nada de esto hubiera sido posible sin el aporte desinteresado de personalidades notorias de la sociedad. Ellos mismos me pidieron que los mantenga en secreto, pero ustedes saben bien quienes son" . El auditorio rompió al grito de "Su-saaaa-na, Su-saaaa-na", "Mar-ceeee-lo, Mar-ceeee-lo" y varios nombres más. El Dr Pérez Cánepa pidió tranquilidad a la gente. Luego de unos segundos, sonrió satisfecho. "No quiero entrar en detalles demasiado técnicos, pero el test es muy sencillo de realizar. Se extrae sangre del bebé recién nacido, y se la somete a un rápido análisis que no demora más de 15 minutos. Si el gen "droga-delincuente", como hemos decidido denominarlo, aparece en la sangre del pequeño, el mismo es retirado de los brazos de la madre y llevado a una sala especial". "Doctor ¿Qué se le hace al bebé en la sala especial? ¿se comienza algun tipo de tratamiento?" tomó la palabra un periodista radial. "Lamentablemente no hay una cura ni un tratamiento posible para ésta afección en el adn. El bebé no verá la luz del día, si eso es lo que usted desea saber", sentí a mi alrededor tímidas respiraciones contenidas, pero el estallido que les siguió, las dejó en el olvido.
"La Fundación continúa perfeccionando el método. Tenemos la intención de detectar el gen al comienzo del embarazo, o incluso antes de que el niño sea gestado, mediante un análisis genético de los padres. Imagínese un mundo en que esté prohibido mantener relaciones sexuales a dos personas genéticamente incompatibles. Sería la perfección" Sí, ya tenía a la gente en el bolsillo.
La noticia se propagó por el país, la gente salió masivamente a las calles, al ritmo de las cacerolas, con pancartas de agradecimiento hacia los doctores y hacia los benefactores de la Fundación.
Pero el mundo nunca puede ser "perfecto". En la Plaza de ShowMayo, los policías y los dealers también quisieron hacer oír su voz. Un policía de la federal sostenía una pancarta que rezaba "Dejen vivir a los futuros delincuentes". Lanzaron un llamado a la huelga y a cortar calles y avenidas. Un mundo sin lugar para ellos se avecinaba.


Continuará (aunque no se sabe cuando)
Diego M

31 de agosto de 2009

Bostezos

Otro día más. Pantuflas, agua en la cara, cepillo, toalla y el reflejo de siempre pero más despeinado. El reloj lo apuró pero la corbata no quería terminar de anudarse. Su pesimismo le decía que no iba a llegar a tiempo a la oficina. Pero siempre llegaba justo. Se terminó de poner el saco con la clásica mueca de asco y salió. Mientras iba hacia la escalera vió de reojo que una señora estaba esperando el ascensor. Pensó estúpidamente que él iba a llegar abajo antes que ella y esbozó una mueca que no era sonrisa. Bajó los escalones de dos en dos sin miedo a resbalar porque los zapatos eran nuevos. Llegó al hall del edificio y miró hacia el ascensor, la luz del uno se estaba encendiendo. El sillón negro de cuerina estaba del lado derecho del hall, justo debajo del cuadro de la mujer con paraguas amarillo. Le pareció que eso no estaba así ayer, pero José vivía cambiando las cosas de lugar desde que lo había dejado su mujer.
Salió a la vereda, la calle, el smog, la sinfonía descontrolada de bocinas. La boca del subte se abrió a veinte metros, como esperando alimentarse de esos peatones que se metían en sus fauces para ser expulsados por otra boca, en otro lado. Bajó las escaleras, también de dos en dos. Fue directo hacia el molinete porque siempre tenía un viaje de más en la tarjeta. Se encontró con dos señoras viejas y chismosas que le impedían el paso en la escalera mecánica. Resopló, y el pelo de lunes rebelde se levantó. Con la mano derecha buscó el peine de albergue transitorio en el bolsillo derecho de su pantalón. Pero no estaba. Con esa misma mano trató de aplastar a los rebeldes con la ayuda de los restos del gel barato. Se metió por la puerta del subte dejando a la bocina en el andén. Flotaba un olor a café rancio que le hizo acordar al trabajo. Había poca gente en el vagón. Aprovechó para sentarse al lado de la puerta del costado izquierdo. El andar tosco del subte lo invitó a la siesta. El yate, el agua, Paula le pidió que le pase protector solar por el pecho, él lo hizo suavemente, Paula tomó su mano derecha y la llevó hacia abajo y la bikini… “Estación terminal, por favor desciendan todos los pasajeros”. Otra vez la bocina. Su cuerpo saltó del asiento y llegó a pasar a través de la puerta salvando a su tobillo izquierdo de la decapitación. Cambiaron las publicidades alcanzó a pensar antes de que la escalera mecánica se meta bajo sus suelas.
Otra vez de dos en dos y las bocinas le pegaron en la cara con toda la crudeza de una mañana de lunes con el sueño a medio terminar. A diez metros el kiosco de diarios. A la derecha del kiosco el hall de su rutina. Entró sin saludar, como siempre. Subió al ascensor, marcó el cinco con la mano izquierda mientras su mano derecha tapaba un bostezo maratónico. Se abrió la puerta, salió y giró a su derecha. Movió la cadera hacia su izquierda para esquivar algo que no estaba. Se ajustó el saco y miró su reloj antes de pasar por la puerta. Levantó la vista y se encontró con Ana. Aunque esto no era del todo cierto: la Ana que él conocía era morocha y de unos cuarenta años. La que estaba delante suyo no tenía más de veinticinco y era pelirroja. “Ésta no es la oficina de Kramer y Asociados” le dice con un gesto serio. Es más, ni siquiera existe tal firma en este edificio. Él gira sobre sus zapatos nuevos y masajea sus ojos con los dedos de la mano derecha. No es su oficina, no caben dudas. Sale al pasillo empapelado pastel que es muy parecido pero sin la máquina de café a la salida del ascensor. Baja los cinco pisos y la puerta se abre al hall. Los cuadros impresionistas vigilan sus pasos hasta la puerta. Y otra vez la calle. Mira la dirección del edificio: no es Callao. El maxikiosco de Pablo no está y el que atiende el kiosco de diarios es canoso. Encima lo empieza a mirar mal. Tartamudea unos pasos hacia la esquina. Quiere preguntarle por Callao al viejo que mira la vidriera. Pero el viejo no responde, y aprieta con más fuerza el bastón. Caras, barbas, corbatas, maletines le pasan por los costados, lo rozan, lo chocan. La masa de trajes lo obliga a ir hacia la esquina. Le pregunta a una chica de rulos por Callao. La chica apura el paso sin mirarlo.
Lleva la mano derecha al bolsillo para buscar su celular: tiene que avisarle a Víctor que va a llegar tarde, que… ¿no encuentra la oficina?. El celular no está. Ve un locutorio en la vereda de enfrente. El semáforo se pone en verde. Cruza. Cabina tres. El dedo índice le tiembla y no puede apretar el cuatro. Marca el teléfono de la oficina: “no es un usuario en servicio”. Intenta otra combinación, en lugar de tres cinco piensa que puede ser cinco tres. Pero no. Sale del locutorio y camina hacia no sabe dónde. La boca del subte parece tener más hambre que hoy a la mañana. La gente entra y la boca se los mastica derramando baba hacia sus lados llenos de dientes, la misma gente que lo mira y le hace muecas de asco y se ladran unos a otros mientras las bocinas zumban en una sinfonía más descontrolada que se mete por su oído izquierdo y siente como le pisan las neuronas una por una y avanzan por su nuca y se juntan en su frente y ¡¡¿Taxi!!?Lleveme a, lleveme a…

Diego M

28 de julio de 2009

El abecé del Jefe

¿Hoy? tranquilo, ingresate estos repuestos y cerrá las ordenes aquellas, ¿cuales? las que están pendientes desde el mes pasado. No te hagas problema, está todo bajo control. Che, cuando puedas dejá lo de los repuestos y ponete con este trabajito, sí, con el powerpoint de las mejoras en la máquina, sí, ya sé que no es urgente pero estaría bueno que vayas adelantando, claro. Largá un rato lo de las ordenes, te entiendo que están pendientes desde hace rato, claro, y que te pedí que las cerraras, pero ahora andá a atender a aquel proveedor, el que está allá, el de barbita. Ese. Fijate que cotice los trabajos que te dije el otro día. ¿Como que no te acordás?, lo de la pintura y las rejas del perímetro. Ok, acompañalo y después venite a seguir con lo de los repuestos, ¿el powerpoint? dejalo pendiente, total, hace más de un mes que me lo tenés que preparar, no te vas a apurar ahora. Pará, vení, hay una urgencia, ¿el proveedor de barbita? que espere, al fin y al cabo le vamos a dar laburo ¿no?, si no decile que vaya a recorrer la fábrica solo, si él la conoce ya, cotizó varias cosas antes. ¿Que cual era la urgencia? fijate en el archivo de compras, me están pidiendo que busquemos otra casa de repuestos para estos ítems, sí, son urgentísimos, va a parar la empresa si no los conseguimos para la semana que viene. Pará, me dicen que mañana va a parar la empresa si no me conseguís eso, sí, para hoy a la tarde tienen que estar. Vení un cachito para acá, andá a ver este asunto con la gente de finanzas, no puede ser que todavía no nos depositaron la plata de la requisición. ¿Cual urgencia? ah, la del archivo de compras, sí, es crítico, pero si los de finanzas no nos depositan no podemos comprar los repuestos y se para la empresa. Puta madre che, no podés hacer dos cosas a la vez vos, ¿ingresaste los repuestos? mirá si lo que estamos buscando por todos lados está ahí en la mesa de entrada y vos no lo viste ¿atendiste al proveedor? ¿como que lo dejaste solo? ¿sos boludo vos? ¿y las órdenes? ¿las cerraste? ¿pero no te das cuenta que en dos días tenemos auditoría y nos van a romper el culo? y nos van a pedir el powerpoint también ¿como que está a medio hacer? ¿vos me querés volver loco a mí? ¿y viste a la gente de compras? ¿y a la de finanzas? pero sos un pelotudo vos, andá a hablar con la gerenta de recursos humanos y pedile tu indemnización, no, no hay vuelta atrás ¿que estoy loco? pero mirá que caradura que sos ¿sobrecarga de tareas? vos no tenés vergüenza ¿sabés lo que sos vos? un vago, eso es lo que sos.

Diego M

21 de julio de 2009

La hora señalada

-¿Tenés hora?
-No
-¿Y cómo hacés?
-¿Para saber la hora?
-Sí
-Miro el sol
-Ah ¿sí? ¿y que hora es?
-Son las tres cuartos cielo y media terraza del edificio de al lado con nube

Diego M